sábado, 12 de junio de 2010

El narco Escobar hizo campeones a los argentinos

EL NARCO ESCOBAR HIZO CAMPEONES A LOS ARGENTINOS


Por Salud Hernández Mora / Tomado de "Pablo Escobar - Archivos periodísticos" 

Bogotá (Colombia).- Era un 21 de junio de 1978. Estadio Lisandro de la Torre, Rosario. Argentina necesitaba ganar por más de cuatro goles a un Perú plagado de estrellas si quería meterse la final. Brasil tenía mejor coeficiente y la mitad del billete comprado para disputarle el título a Holanda. Millones de argentinos se sentaban frente al televisor esperando una hazaña.

A miles de kilómetros, Miguel Rodríguez Orejuela, uno de los dos jefes del poderoso cartel de Cali -principal proveedor mundial de cocaína, junto con el de Medellín--aguarda el inicio del partido junto a Fernando, primogénito de su socio y hermano Gilberto, así como otros familiares y amigos. Su lujoso chalet en la elegante urbanización Ciudad Jardín, al sur de Cali, congregaba cada tarde a un grupo de hinchas durante aquel polémico Mundial de la dictadura. Además de un nutrido servicio doméstico para agasajar a los invitados, la casa tenía televisor en color en una época en que esos aparatos se contaban con los dedos de una mano en la capital del Valle del Cauca, al suroeste de Colombia.

A los seis minutos, Juan José Muñante, extremo derecho, conocido como el Jet por su velocidad, se queda solo frente al portero albiceleste. Le regatea y, cuando lo más fácil era empujarla al fondo de la red, dispara. Miguel Rodríguez Orejuela tuerce el gesto. ¿Habrá metido alguien la mano? El resto del encuentro es un paseo militar para los argentinos. Cuando pitan el final, el país austral estalla en júbilo. La victoria, 6-0, les permite entrar en la final, en la que luego ganarían a Holanda por 3-1.

El capo, uno de los narcotraficantes más ricos y temidos del planeta, se pregunta qué habrá detrás del fallo garrafal inicial y de la goleada fácil, pero prefiere callar. Un mes después comienzan a correr insistentes rumores sobre la compra del partido. Dos décadas más tarde, en 1999, un periodista inglés escribe un libro relatando el fraude; asegura que la junta militar pagó por ganar. Si bien las sospechas perviven, los desmentidos y la magnífica final mandan al ostracismo su denuncia.

Hasta que Fernando Rodríguez Mondragón decidió esta semana relatar lo que escuchó de boca de su tío Miguel, por quien siempre sintió especial afecto al extremo de quererle más que a su padre, como aperitivo de un libro que publicará en febrero próximo, El hijo del ajedrecista II, segunda parte de una obra en la que ya reveló secretos del narcotráfico.

Según relata a Crónica, hace cuatro años, tío y sobrino coincidieron en el Patio 1 de la cárcel de alta seguridad de Cómbita, situada a tres horas de Bogotá. El primero aguardaba su extradición a Estados Unidos; el segundo acababa de ser detenido con casi dos kilos de heroína escondidos en su casa.

Uno de los días en que mataban el tiempo conversando sobre fútbol, cuando les daban la oportunidad de pasar juntos un rato, Fernando aprovechó para salir de dudas.

-Tío, ese partido lo arregló Argentina, ¿no es cierto?

El capo le miró a los ojos fijamente y, tras un segundo de pausa, respondió: «Sí; a mí me trampearon porque me pusieron de intermediario para que ellos hicieran el contacto con el amigo mío y yo estoy seguro de que fue para ese arreglo».

Los detalles que le revelaría a continuación los conocía desde hacía tiempo, pero siempre prefirió guardar silencio. Bastantes enemigos tenían ya él y su hermano Gilberto como para ganarse otros nuevos por destapar verdades.

«Entonces me dice que a lo largo de los años varias personas cercanas le confirmaron la compra del partido y también llega a conocer la forma en que Argentina consiguió colarse en la final para ganar su primer Mundial», recuerda Fernando.

Guardar silencio

«La trama comienza tres días antes del choque crucial. Mi tío recibe en Cali la llamada de su amigo Carlos Quieto, un empresario argentino del fútbol, que le había ayudado a contratar jugadores. Sabía muy bien que mi tío Miguel era íntimo del Presidente de la Federación de Fútbol de Perú. Se conocieron cuando empezó a hacerse con el control del club América de Cali y planeaba traer unos jugadores peruanos que eran ídolos en su país. El Presidente de la Federación tenía un hermano dedicado a ese negocio que le ayudó en la tarea».

Conociendo Carlos esa relación estrecha, le dice que necesitan hablar urgente con su amigo peruano, que le haga el favor de llamarlo para que reciba de inmediato a unas personas del gobierno de Videla y de la AFA (Asociación Fútbol Argentina).

«Mi tío le contesta que, con mucho gusto, pide ese favor. Hace la llamada y concuerda una cita para esa gente. La reunión se celebra en Lima, en el edificio de la Federación. Los integrantes de la comisión secreta llegan en avión desde Buenos Aires el mismo día de la cita».

Para Fernando es obvio que buscaron la intermediación de su tío para enviarle un mensaje nítido al federativo: si uno es un amigo íntimo de un mafioso reconocido, un hombre capaz de intercambiar sus principios por dinero, debe estar dispuesto a escuchar ofertas non sanctas o, cuanto menos, no se escandalizará por lo que oiga. Si no le agrada, declinará el ofrecimiento sin estridencias y lo hablado quedará entre los asistentes. «Ser amigo de uno de los jefes del cartel de Cali le daba entrada a esa gente para hacer el arreglo», asegura.

Por fortuna para los emisarios, todo sale a pedir de boca. El peruano cierra el trato en pocas horas. Hay compensaciones para todos e, incluso, puede presumir de hacer algo de patria. Vende la camiseta nacional por unas monedas de plata, pero consigue que le regalen un cargamento de cereales para aliviar las necesidades de sus compatriotas más desfavorecidos.

En dinero y en especie

«A cada jugador le dieron 50.000 dólares de la época; al cuerpo técnico, 150.000 y diez millones de dólares para la Federación peruana, que en el año 78 era mucha plata. Además, un cargamento de trigo, que ya estaba embarcado en la bodega del barco y que tenía un valor cercano a los cien millones de dólares, lo entregaron gratis».

La cifra pagada por dejarse meter un puñado de goles parece desorbitada, pero Fernando la encuentra razonable. «Quien crea que era excesiva se equivoca. Para la dictadura militar [de Jorge Rafael Videla, que entregó la Copa a los campeones] suponía alcanzar la gloria y apuntalar a un gobierno criticado en el exterior».

A Miguel Rodríguez, afirma el sobrino, el apaño no le gustó lo más mínimo. «Estaba molesto porque lo utilizaron, por ser uno de los artífices de un arreglo hecho a sus espaldas». A pesar de la incomodidad, el ejemplo le sirvió de escuela. «Aprendió mucho de los grandes, de los que sabían cómo se arreglaban los partidos. En un momento dado, el balón no era el protagonista, el que decidía, sino que lo eran otros personajes como el árbitro o un jugador o un directivo vendidos», asevera.

Si bien el forofo mafioso llevó a su equipo del alma, el América de Cali, a conquistar una decena de títulos nacionales, nunca ni ganar la Copa Libertadores, ni vestir a Diego Armando Maradona con los colores de los «diablos rojos». 

«La FIFA no iba a dejar que el América ganara un campeonato tan importante sabiendo que era de la mafia. Yo vi llorar a mi tío en nuestro palco, en el estadio Pascual Guerrero de Cali en alguna de las cuatro finales».

Su otro objetivo, el Pibe Maradona, recibió la primera oferta en una comida en casa del «narco», en junio de 1979.

«Vino a jugar con Argentinos Juniors contra el América en Copa Libertadores. El Pibe estaba con el resto del equipo, pero viajó con su empresario Fiter Pilo, y con Copola, que ya era su amigo y lo acompañó a partido aunque aún no lo representaba.

Mi tío lo mandó invitar a almorzar a su casa por medio de Carlos Quieto, el empresario argentino. Como los vuelos no eran frecuentes entonces, los equipos llegaban tres días antes de los partidos. Estuvimos varios familiares».

Maradona tenía 20 años y estaba impresionado por la indecorosa exhibición de riqueza. Campo de fútbol cubierta por unos gruesos cables para evitar que un helicóptero aterrizara cargado de sicarios; piscina con jacuzzi en un año en que aún era una novedad; discoteca de sesenta vatios; cuadros de grandes maestros colgados por todas las paredes, Ferrari Testarossa a la entrada. «Aún era un pibe, no estaba acostumbrado a los lujos», rememora Fernando.

El pibe aceptó

«El ambiente era muy agradable, almorzando rico en una mesa para 12 personas. Nos regaló unas camisetas, nos tomamos fotos y ya terminando el almuerzo le dice mi tío: Oye, Diego, ¿por qué no te vienes a jugar el próximo semestre con el América, que está clasificado para la Libertadores? Te ofrezco 500.000 dólares mensuales en efectivo, tres millones por seis meses». El chico no esperó un segundo para aceptar.

«El ahí mismo responde que sí. ¡Tres millones! Los ojitos le brillaron.
«Sí, sí, claro», repite. Pero el entrenador metió la cuchara: "Tranquilo, Diego. En 15 días le avisamos, Señor Rodríguez". Sus empresarios le pidieron paciencia, viendo de pronto que no iban a llevarse nada», rememora Fernando.

«A los 15 días, mi tío recibe la llamada que aguardaba con impaciencia. Le dicen, "Vea, Don Miguel, no es posible porque tiene una mejor oferta en España". Y eso no era posible, tres millones de dólares pagados en billetes por jugar un semestre, contra los seis o siete millones que daba el Barcelona, a los que había que descontar porcentajes».

El primer golpe no hizo mella en la esperanza del capo por contar con su ídolo. Hasta que le vio triunfar en el Barça, confió en que regresaría como tantas otras figuras suramericanas que fracasaban en Europa.

«Quedó la amistad y mi tío siempre creyó que Maradona algún día vendría a jugar en el América, así fuera un partido amistoso con la camiseta. Quería que su equipo hiciera historia teniendo al mejor jugador del mundo. De Barcelona, Maradona le mandó una camiseta firmada que conservaba mi tío con mucho cariño. Años después le mandó otra chamarra del Nápoles; mi tío le regaló un rolex de oro. Le mandaba faxes porque en esa época no había correo electrónico y la llamada internacional se dificultaba. Todo con el objetivo de que viniera al América. Le repetía: "Así sea sólo un día, un partido amistoso, te pago todo lo que pidas, ¿cuanto quieres?"».

Fernando recuerda que Copola, agente del jugador, era reacio a dejarle vestir la camiseta roja. «Su empresario sabía de los vínculos de mi tío con el narcotráfico y de los problemas de drogadicción de Maradona. Colombia para él hubiera sido el paraíso. La coca que consumía la mandaba traer especialmente de acá, pero mi tío jamás le mandó un gramo. Cuando Maradona estaba con traba [colocado] siempre decía que la coca colombiana, que era brillante y con escamas, era la mejor del mundo. Si mi tío llega a convencerlo, el tipo no sale más de aquí».

Fernando da por descontado que lloverán desmentidos y protestas. No le preocupan. Fue testigo de las andanzas de su tío y dice contar con suficientes pruebas para sustentar sus verdades. En febrero, la segunda parte de El hijo del ajedrecista dará los detalles.

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